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La premisa del asombro

Redacción Orbe 05 Aug, 2025
La premisa del asombro

Un recorrido por el último dossier de una de las cabeceras literarias más emblemáticas de España, donde el legado cosmológico de Stephen Hawking, el enigma matemático de Perelman y la crítica humanista se entrelazan para ofrecer un antídoto contra el ruido digital y la dispersión del presente.

En los albores de cada invierno, cuando la luz se vuelve introspectiva y el año parece recogerse sobre sí mismo, hay publicaciones que detienen el vértigo y proponen una pausa reflexiva. Este diciembre, una de las revistas españolas más consolidadas en la defensa de lo literario —y lo intelectual en sentido amplio— propuso a sus lectores una travesía por las fronteras movedizas de la ciencia y la literatura, tomándose el atrevimiento de acercar al gran público el vértigo de las preguntas últimas: el sentido, el origen, el azar. El eje vertebrador del número era un nombre incontestable en la historia reciente del pensamiento científico: Stephen Hawking.

Bajo el magnetismo de “El gran diseño”, el libro que en 2010 incendió la conversación filosófica global, la revista recogía una vibrante exégesis: ¿debe la ciencia, por sobria y rigurosa que sea, ocuparse del misterio de dios, o bastaría con aceptar que hay huecos —de sentido, de explicación— donde la razón calla? La polémica que suscitó Hawking —y su célebre negación de la necesidad de un creador— trajo un eco de lo que ya debatieron, siglos antes, los ilustrados europeos y los grandes racionalistas. Juan José Cadenas, científico y escritor, exploraba en sus páginas cómo la cultura occidental ha dialogado históricamente con ese vacío: desde Newton y Laplace, hasta la posmodernidad actual, que parece reconciliarse con la incertidumbre como única certeza.

Pero el dossier no se detenía en la cosmología. Junto al nombre de Hawking asomaba la sombra esquiva de Grigori Perelman. Su historia —el matemático ruso que, tras descifrar la conjetura de Poincaré, rehusó tanto el millón de dólares del Premio Clay como los focos mediáticos— es uno de los grandes relatos contemporáneos sobre la renuncia y la soledad del genio. “No soy un héroe, no busco éxito ni reconocimiento”, respondió Perelman al mundo. Su gesto reverbera en una época posheroica, cada vez menos convencida del valor de los laureles y más interesada en desentrañar el precio íntimo de la excelencia. El estigma del triunfo cobra, en este contexto, un nuevo estatuto ético y casi existencial.

No podía faltar en una revista así la vibración de las letras puras: el desencanto crítico ante la última novela de Almudena Grandes, firmado con precisión anglosajona por Nick Caistor; la reivindicación apasionada de la universidad española, voz de Carlos García Gual invocando la herencia humanista en tiempos de desasosiego institucional; y una incursión lúcida en los meandros de la Revolución Francesa de la mano, siempre irónica, de Eduardo Mendoza. El lector encuentra, a lo largo de estas páginas, los ecos de una conversación transversal y multiforme: la pasión por encajar los fragmentos heterogéneos del presente —la ciencia, la literatura, la política, la memoria— en un mosaico provisional, irremediablemente inacabado.

Cabe recordar que, en pleno cruce de información digital y lectura fragmentaria, la ciencia no ha dejado de corroborar la huella profunda que los libros imprimen en la fisiología mental: la lectura prolongada —ese acto íntimo y subversivo— sigue siendo el único antídoto demostrable contra el ruido, el estrés y la dispersión contemporáneos. Así, la revista se alza no solo como depositaria de la actualidad literaria, sino como refugio frente a la disgregación de la experiencia.

En este clima, la llegada de cada ejemplar se siente como el rescate de una conversación secreta: una invitación a observar el mundo desde la pregunta, el asombro y la ironía. Quizá sea esa la función última de las revistas literarias hoy: ofrecer un espacio para la duda, la crítica y la pausa en la era de la inmediatez.